Cuentos Zonas de sombra

(Relato incluido en el recopilatorio En companyia de l'altre [CAT].)

Al principio no me gustaba nada llevar a mi hija al parque. Sí, podía apostar contra mí mismo cuánto tardaría en caer aquel niño del columpio, o hasta cuándo la vieja del pelo teñido toleraría que su nieto subiera al tobogán por el lado opuesto al que establece la tradición, pero eso no bastaba para engañar al tedio. Los perros, debo admitirlo, garantizan un entretenimiento notable: me embriaga la exquisita tensión de los labios con que algunos propietarios complementan el ya de por sí memorable gesto de recoger el excremento de su perro (resulta particularmente cómico el habitual señor con sombrero que utiliza una bolsa de supermercado). También está el parloteo de las comadres, o el placer impagable de no contestar a los tímidos intentos con que algunas amas de casa aspiran a iniciar una conversación conmigo. Pero se trata de pequeños premios de consolación para un ritual más bien enojoso.

   Si existe algún tema que me interese por encima de la caza de pequeños mamíferos son los movimientos imperceptibles que localizo en el interior de mi cabeza. Por eso cuando mi esposa me ha comunicado que hoy me tocaba llevar a la niña al parque, me he estremecido al notar que la demanda no me desagradaba. ¿Qué había sucedido? Mientras columpiaba maquinalmente a mi hija he descartado que el cambio de actitud que he detectado se deba a esta vaga sensación que algunos confunden con la felicidad y que suele llamarse relajación. Por un lado, siempre la he situado muy cerca del esplín; por otro, me inclino a considerarla como uno de los refugios más económicos que a lo largo de la historia se han construido los mediocres. No, el parque no es el territorio de mi relajación, y si lo fuera ello significaría que he cometido la debilidad de bajar la guardia. Debe de haber otra explicación.

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Bajo siglos de alfabetización, ocultos bajo innumerables capas de pintura aislante, parapetados tras las barricadas de la cultura, a punto de saltar a la menor oportunidad, los instintos nos recuerdan que somos hijos de los monos y no de los dioses. Juzgo a las mujeres a partir de dos categorías, a saber, manos y coloración. Las manos de esta mujer a quien encuentro cada día sentada en el mismo banco corresponden a una intérprete de Bach (el preludio y fuga en re mayor, sin ir más lejos: armonioso fluir de esferas); no son unas manos hechas para cambiar pañales ni para tender la ropa, pero tampoco se me antojan tan irrazonablemente alargadas como las de las pianistas románticas: son manos de temperatura estable, de yemas pulcras y sensibles -blandamente ociosas-, con uñas de un color rosa entre nítido y desmayado, manos que dejan que el cigarrillo se consuma en el cenicero porque son demasiado delicadas para aplastarlo: manos, en definitiva, capaces de proezas de un erotismo versallesco (donde digo manos entiéndase, mutatis mutandis, también los pies: una mujer de pies bonitos no puede ser fea). Por lo que respecta a la piel, no insistiré nunca demasiado en un hecho de obviedad mayúscula y no obstante negligido por los casanovas de secano: color, textura, movimiento y forma son, en este orden, los peldaños de la belleza. Habituados a las representaciones inermes y monocromas de Afrodita, sobrevaloramos las formas -el último peldaño- por encima de otras consideraciones. ¿Qué deseo puede despertar una mujer de buen talle pero de textura rugosa? ¿U otra que, a pesar de las medidas de modelo de pasarela, emula los movimientos desgarbados de las campesinas del Sarre? ¿Y qué me decís de la que, pese a las proporciones debidas y a la suavidad gestual, muestra un cromatismo exacerbado: amarillo de tisis, rojo manzana, verdoso a la luz de la luna? No, la mujer a la que me refiero, la mamá que ha convertido en soportables mis visitas periódicas a los columpios, presenta una superficie de un ocre tostado imperfectible: color honesto, de mujer que no engaña. Cuando manos y coloración confirman las expectativas, el resto (y aquí me ahorraré la obscena enumeración de las partes del cuerpo) no tiene ninguna importancia.

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La mujer que justifica mis visitas al parque suele ir acompañada de sus hijas. Una es de edat párvula, la otra se encuentra en aquel momento en que es presagiable la explosión de la nubilidad. Hoy la pequeña estaba en el arenal, la madre fumaba en el banco, la otra hija -a su lado pero muy lejos- mostraba su elasticidad en una postura imposible. Verlas juntas ha sido como una revelación. Consagro gran parte de mis ratos de ocio a estudiarme, pero no dejo de sorprender zonas de sombra, que no sé si atribuir a una evolución microscópica pero constante, o bien a los límites de mi análisis. Resumiendo: la que, desde algún lugar del subconsciente, me provoca pulsiones que me niego a detallar, es la hija.

   ¿Qué puedo decir que no hayan cantado los poetas? Se mueve con la absurda seguridad de que nadie la observa, aunque está dotada de aquella gracia maravillosa que las niñas pierden con la primera sangre. Nunca tendrá la sonrisa tan fácil como hoy, ni los dientes tan blancos, ni la lengua tan alegre. Calculo que en unos pocos meses iniciará la decadencia.

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Me he sentido determinista como un autor de tragedias cuando hoy no he encontrado el parque. En vano he agotado a mi hija buscando un ámbito que tal vez exista únicamente en mi imaginación. ¿Es posible que una mujer con aquella coloración tan regularizada, con aquellas manos de clavicémbalo, no sólo haya superado la violenta experiencia de dos partos, sino que malgaste las tardes en un lugar tan peripatético? ¿Es posible que la madre naturaleza haya producido dos seres tan adorables de manera sucesiva? Es más: ¿puede existir un territorio -parque, salón o isla hiperbórea- donde gozar de la belleza de una manera tan impune como reiterada? ¿Dónde estaban las otras madres, los otros niños? Los últimos recuerdos de este parque incluyen tan sólo un banco verde con la mujer y sus hijas: el resto ha desaparecido. ¿Y dónde estaba yo? ¿Cómo podía llevar a término, con libertad absoluta, experiencias de observación tan detalladas? ¿Desde dónde me sumergía en el deseo con todo el detenimiento de que era capaz?

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Camino por una arboleda. Detrás de mí, alguien grita un nombre de mujer. Ante mí no hay nada. El nombre de mujer se instala en mis tímpanos, aumenta de volumen, y con él se instala también la certeza de que es a mí a quien llaman. "No te vayas", oigo cuando empiezo a correr. Río mientras se me ocurre que tal vez la madre del parque sea yo.

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Los descubrimientos se suceden. Estoy en el parque. Bien, en otro parque, pero eso es lo de menos, ya que aquella niña me acompaña. Ignoro si soy su padre, su madre o un tío solícito, pero llega conmigo, y conmigo se va: algún parentesco debemos de tener. El incesto: el más torpe de los tabús. ¿En quién puedes confiar si no en la familia?

   Mi hija -o quienquiera que sea- ya no está en el parque, sino en la playa. Y yo con ella. Provista de un bikini mojado, cava un agujero en la arena donde entierra los pies de la niña que tampoco -¿o sí?- es mi hija. Se parecen, eso salta a la vista. Cuando se ríen me asustan. Mi hija -es un decir- presenta un color rosa claro, decididamente infantil. No distingo la coloración de sus manos porque estan llenas de arena.

   De vuelta a casa evito obstinadamente los escaparates que podrían reflejar mi imagen.

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Suena el teléfono. Lo descuelgo. Alguien desea hablar con una persona que no conozco. "Se equivoca", digo, y cuelgo acto seguido. Al cabo de un rato suena de nuevo. Desean hablar con la misma persona, pero ahora es otra la voz que lo pide. De pronto adivino que soy yo quien se ha equivocado de casa.

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Hoy en el parque no hay ninguna persona conocida. Unos perros se me acercan y me olfatean con la franqueza que les caracteriza. El cielo está muy alto y me fijo en las ruedas de los coches. ¿Sería exagerado sostener que la relajación ya no me es extraña? Relajación quizá excesiva, ya que mis intestinos piden paso y no se lo puedo negar. Evacúo en el arenal, con infame naturalidad. Parece que no me ha visto nadie, pero me equivoco. Un ruido a mi espalda me alerta, y cuando me vuelvo descubro a un hombre con sombrero que se me acerca, los labios en tensión, con una bolsa de supermercado en la mano.

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