Cuentos Con el sol en la espalda

"Pasaré unos días fuera. Será mejor que no me llames", le había dicho él. Y añadió, después de rozarle la mejilla con dos dedos: "Nos vemos el miércoles a las siete."

   Desde entonces no sabe nada de él. ¿Le ha sucedido una desgracia? ¿Se ha cansado de ella? ¿O es que lo entendió mal? Alrededor de estas tres preguntas ha organizado sus vagabundeos por la ciudad.

   La primera semana se limitó a esperar. La segunda, le envió dos mensajes de texto al móvil. Hasta ahora ha tenido el valor –la cobardía- de no llamarle.

   Se ha obligado a no explicárselo a nadie, a no compartirlo con ninguna amiga. Y ahora se siente desfallecer cuando escucha un tango o un bolero de los que antes la hacían romper a reír. Ni siquiera puede escuchar las cancioncillas de amor de la radio porque todas hablan de ella.

   Se esfuerza por no ponerse melodramática. El último mensaje de texto que le envió decía "Elige una palabra: hola o adiós." Después añadió otra: "Stand-by".

   ¿Qué daría por verle la cara cuando lee sus mensajes? Puede soportar la mentira, la clandestinidad, la dependencia, pero un certificado de defunción sería mucho mejor que este estado de coma sustentado en recuerdos. Diez veces al día, cuando le vienen estas palabras a la mente -certificado de defunción-, siente cómo se le humedecen los ojos.

   Lo que empezó como un premio inmerecido ha acabado como un castigo injusto. No se habitúa a la agonía, como antes no se habituó al milagro.

   Ahora conoce la disponibilidad infinita del amante, que espera con tanta intensidad que no puede hacer –no puede concebir- nada sino esperar.

   En esta espera se le van las horas. Sin él se siente sola aunque esté con alguien. Ha dejado de ir a la facultad, se desinteresa por sus amigas. Está perdiendo lo poco que tenía antes de conocerlo. Transita solitaria buscando en todo momento la máxima cobertura. Después de una hora compartida con él, pasaba dos recordando, y dos más previendo la próxima vez que estarían juntos. A continuación, si mientras tanto él no había dado señales de vida, empezaba a sufrir.

   No era lo bastante optimista como para imaginarse con él, ni lo bastante pesimista como para prever que se acabaría tan pronto, tan de repente, tan sin avisar. Aún no había entendido cómo había empezado y ya había llegado el fin.

   Antes de conocerlo intuía que le faltaba algo. Ahora sabe exactamente qué es lo que echa en falta. Conoce su manos, su cuerpo, su número de teléfono, su dirección particular y profesional, su coche. Sabe cómo son su mujer y sus hijos.

   Durante horas lleva el móvil en la mano. Cuando comprueba que él no le ha enviado ningún mensaje, la inunda el despecho y decide que no desea volver a verlo. Pero eso dura unos segundos. En seguida se lo perdonaría todo si llamase. La alegría haría innecesarios el arrepentimiento y el propósito de enmienda.

   Él tiene catorce años más, pero hay que ser insensible para no caer en sus brazos. La ha deslumbrado, que es una manera de decir que no lo entiende: hay demasiada brillantez para ver con claridad.

   Todavía no está segura de si vivía mejor antes de conocerlo. Ignora si podrá acostumbrarse a vivir sin él. Lo que más la trastorna es que en cualquier momento puede sonar el móvil y todas las piezas pueden volver a su lugar.

   Arrinconada como un estorbo, desalojada sin explicaciones, envuelta en un eclipse no anunciado, se siente como ante una de aquellas películas que sólo sabe que han finalizado cuando ante sus ojos empiezan a deslizarse las letras de crédito.

   Vaga por las calles como un personaje de teleserie que se hubiera perdido algún capítulo. Repasa una y otra vez cada uno de sus encuentros. ¿Hizo algo mal? ¿O es que a él lo ha atrapado algún abismo?

   Su argumento para no dejarlo todo e irse a vivir juntos era que no se fiaba de su mujer para educar a sus hijos. Pero otro día se le escapó una frase que ahora se agarra a los repliegues de su memoria: "No quiero cambiar de domesticidad".

   En pocos segundos, desde el momento que suena el móvil hasta que comprueba, una vez más, que se trata de cualquier persona excepto él, recorre el lago trecho que va de la esperanza a la desolación.

   "Tienes un medio perfil que enamoraría a un ciego", le decía él. Y ella se fundía -pero no como un cubito, sino como un cirio.

   Cuando era pequeña tenía un perro. Vivía en el balcón que daba a la salita. Cuando ella pasaba por delante, el perro le dirigía sus ojos siempre húmedos, donde se podía leer un mensaje de súplica elemental. La vida del perro consistía en permanecer a la intemperie esperando que alguien le permitiera ponerse a cubierto. Así, ella.

   Decidieron que no tenían ningún derecho sobre el otro, que no se podían imponer ninguna obligación. Ahora, sin embargo, sufre el síndrome del amante: la sensación de quedarse con las migajas de la mesa. Pero es mejor ser amante que no ser nada, que no saber si se es nada.

   Él ha hecho tambalear su mundo, después la ha hecho tambalear a ella. Y, con todo, ella continúa esforzándose en enviarle mensajes que no caigan en el patetismo: "No hablaré de mí, pero debo decirte que mi móvil sufre ataques de angustia".

   Durante las conversaciones imaginarias que mantiene con ella misma, sobresale una pregunta sin respuesta : ¿somos responsables de nuestros sueños?

   Lo reencuentra en los detalles: en la chaqueta expuesta en un escaparate, en la piel morena de un hombre que enciende un cigarrillo, en el gesto de un actor en una reposición televisiva, en los zapatos que desaparecen fugazmente en una esquina.

   Vivir se reduce a cursar gestiones triviales mientras espera que vuelva, a rememorar días que se escurren entre les dedos como arena. Se siente como un desierto, a oscuras, esperando que llueva.

   Pone el móvil en función de vibración, pero igualmente se sobresalta a cada momento. ¿Dejará de esperarlo, algún día?

   Todavía está convaleciente del espejismo. El primer día que se ducharon juntos, casi se desmaya. Se sentía como una diosa y ahora se cambiaría por cualquier mendigo. Ha dejado de ir a la peluquería porque no soporta permanecer delante del espejo.

   Situado exactamente bajo los pulmones, ha aprendido a localizar el órgano que segrega añoranza, la añoranza que le llena el cuerpo sin que apenas tenga que comer.

   Estaba dispuesta a asumir una relación intermitente y clandestina, a aprender técnicas de contraespionaje, a temer un final dramático, pero no se había preparado para este desencanto. Lo puede aguantar todo, salvo la incertidumbre.

   Lo peor es pensar que él no la conoce, puesto que en ese caso sabría cuánto mal le causa este silencio. Pero, ¿ella lo entiende a él? Si lo hiciera, sabría por qué calla. Imagina escenas horribles sin cesar.

   Sabía que era imposible mantener indefinidamente aquella relación, pero no había previsto que al planteamiento le sucedería directamente el desenlace. ¿O es que el derecho al nudo no está reconocido en ninguna parte?

   Él podría hacerla feliz con muy poco esfuerzo: bastaría que teclease en el móvil un par de palabras del vocabulario íntimo que ambos han ido cristalizando en algunos instantes fuera del mundo. Mientras tanto, pierde las gafas de sol, rompe una taza, olvida una cita, se le quema la cena.

   Al principio lo vivía de manera deportiva, como un partido de paciencia: ella saca y puede tardar días en recibir la pelota. Sin embargo, si durante estos días no duerme, ¿dónde está el deporte?

   "La última vez que estuve tan bien con alguien", había tenido la desfachatez de decirle él, "me casé".

   El día en que se conocieron, cuando ella estaba tendida esperando la revisión dental y él entró -alto, con bata y aquellos ojos ardiendo por encima de la mascarilla-, la miró como una isla que ve llegar a un náufrago.

   Rememora los cinco encuentros con él buscando signos de distanciamiento. Pasea por las calles que compartieron, recupera frases que él pronunció y busca los recovecos ocultos, las pistas, las consecuencias.

   Al comienzo todo fluía sin barreras, como si hubieran excavado un túnel insospechado. Él la llamaba para darle lo buenos días o para confesarle que la echaba en falta. La ha colmado, la ha vaciado. El resto es sombra.

   "Te he ofrecido todo lo que podía ofrecerte, que no es mucho". ¿Fue agradable, ahora que lo piensa, que él le dijera eso? Y, sobre todo: ¿era una despedida?

   Después de la revisión dental, ni siquiera recuerda cómo volvió a casa. Levitando, quizá.

   Al comienzo, ella engañaba las horas leyendo lo que los poetas habían escrito para ella, se compraba pintalabios, se calzaba unas bambas de colores que le habían regalado un año antes, repasaba su antología mental de los mejores recuerdos, se sinceraba con el gato del vecino, se embobaba mirando las nubes que pasaban y de vez en cuando conseguía vivir como si nada.

   Un gesto de él: alargar la mano y borrarle las arrugas de la frente.

   Cuando está a punto de enviarle un mensaje de texto se dice que será el último, pero no tarda en pensar otro más convincente, más tierno. Acto seguido, cada llamada que recibe es una sonrisa que se borra.

   Él ha traspasado las costras con nitidez, como un rayo láser, y ahora todo le trae sus recuerdos: las películas de que hablaron, las comidas que compartieron, la música que escucharon, el móvil, la luna, la ropa que él le quitó, cada uno de los lugares que miraron juntos.

   Está fatigada de viajar por extremos que desconocía. ¿Es mezquino aspirar a la ceniza de antes? ¿No debería estar agradecida a la prima que le recomendó el nuevo dentista?

   ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por que? –escribe de arriba abajo en una servilleta de papel donde la tinta se difumina.

   No es que lo tenga en su pensamiento, sino que la acompaña a todas partes. Cuando llega a un lugar se pregunta si le gustaría a él, cuando charla con alguien imagina qué le diría él. Y, a pesar de todo, puede asegurar que no habla sola por la calle.

   Él le había dicho tres veces que la quería. Las tres, el primer día que se citaron.

   Por una parte, necesita olvidar esta ansiedad, esta incapacidad de concentrarse en nada que no sea el recuerdo de él, el deseo de él. Por otra, no se ve volviendo a sus ocupaciones de antes: regar las flores, preparar un pastel, comprar ropa, leer los periódicos, salir a bailar, tomar un te.

    No conserva nada de él. Quizá se sentiría bien acariciando un objeto cualquiera, lo bastante pequeño como para llevarlo en el bolsillo. Tiene la esperanza de que, tocándolo, quizá pensaría en el objeto y, por un instante, dejaría de recordarlo a él.

   Quizá lo peor no es que la ignoré, sino que lo haga conociendo tan sólo su cara más luminosa, sin la retahíla de defectos que ella se ha esforzado en escatimarle.

   Ya no recuerda que en medio de las noches blancas, los ojos abiertos en la oscuridad, ha decidido olvidarle.

   Cuatro o cinco veces al día, tiene una fantasía. Viajan en barco, se desvían de su ruta, naufragan, todo el mundo perece salvo ellos (en las fantasías no hay piedad). Los buscan, los dan por muertos, los lloran, los olvidan. Llegan a una isla. El barco transportaba infinitas cajas de salacots, de compresas, de manuales para náufragos, de gafas de inmersión graduadas, de semillas de crecimiento rápido, de limonada... Viven en la isla una vida breve e intensa. Antes de que se detecten síntomas de cansancio afectivo, mueren de manera rápida, juntos hasta el final. Si existe algo después, van juntos.

   "Yo tengo más que perder", le dijo él un día. ¿Como se calcula eso?

   Le faltan datos. Recuerda las últimas horas que pasaron juntos. Pasearon en silencio: analiza gestos, silencios, miradas. Camina tan concentrada que a veces tropieza con la acera o con un farol. Pero si en sus paseos se deja absorber por alguna escena de la calle y se olvida de él, después lo lamenta.

   Aunque ha llegado el buen tiempo, sólo se siente segura dentro del abrigo que llevaba la primera vez que él la besó.

   Con él desapareció su mundo. Piensa en él todo el día, cada día. Antes cerraba los ojos y lo veía. Ahora, con los ojos abiertos también lo distingue. ¿Por qué dejarlo languidecer en este silencio, tan sórdido y elocuente? "Véamonos mañana, ahora", le acaba de escribir en un pronto, "cualquier día será el último día".

   Por un momento le envidia su capacidad de prescindir de ella, de dejarla de lado como algo que ha dejado de complacer, como cuando alguien apaga el interruptor de la cocina para no ver la mesa puesta y los platos por fregar. Después cambia de idea: quizá no la llama porque ha salido de viaje, porque está enfermo, por algún azar desafortunado. En algunos momentos se inclina por la hipótesis más trágica. Inmediatamente se encuentra vil, indigna de él.

   Se siente como un espalda mojada perdido en la frontera, de madrugada. Pero ¿en qué frontera?

   No tiene ningún modelo, no sigue ningún programa. Tan sólo aspira a dormir, a no sentirse débil, a dejar de pensar, a desenamorarse, a reintegrarse, a volver a lo social. Después se encuentra infame y egoísta. Tarda poco en sentirse invadida por una ola de desprendimiento y sacrificio: que encuentre la felicidad que se merece, aunque sea sin ella.

   Lo echa tanto de menos que teme que toda esta energía acumulada –malograda- se transformé en hostilidad. La desilusión se la lleva. Ella extendía sus días en el suelo, como un vendedor de bisutería. "Son todos tuyos", le decía. Entonces él sacaba su agenda y se citaban en un hotel.

   Se resiste a llamarlo. ¿Por qué? Quizá para demostrarse un dominio que le flaquea. Quizá para ahorrarle una escena familiar. Quizá para prolongar la desazón, para no conocer la verdad. Quizá –se confiesa- porque se le antoja romántico este sufrimiento, esta desazón de hurgarse los bolsillos por las calles en búsqueda de un kleenex.

   Y no sólo en los boleros y los tangos. También piensa en él cuando oye una canción pop, una ópera, un cuarteto de cuerda, un vals. Construye conversaciones imaginarias hechas de recuerdos y de intuiciones mientras él se comporta como el amigo invisible que no echó nunca en falta cuando era niña.

   Disney París, diez años antes. Ella y su padre se acomodaron en un pequeño vagón y se abrocharon el cinturón de seguridad. En pocos segundos se deslizaban a cien kilómetros por hora por unos raíles que tomaban direcciones imprevisibles. Lo que más la impresionó fue que estaban a oscuras. Sin ningún aviso, llegaba una curva, una bajada vertiginosa, otra curva brusca, una lenta subida que acababa con un descenso en picado. De repente, el vagón frenó, se encendieron los luces y bajaron. Así, ahora.

   Cuando entra en la calle le asalta la seguridad de que él no la volverá a llamar.

   Ha pensado tanto en su caso que podría hablar de él con la soltura y la precisión de un personaje de Shakespeare -si tuviese con quien hablar.

   De repente se enfada y el adjetivo más suave que se le ocurre es “caprichoso”. Tal vez es mejor servirse de un bisturí en vez de agotar todas las hipótesis de la melancolía.

   Los mejores momentos del día llegan cuando imagina reconciliaciones instantáneas, completas, gloriosas: de repente él la abraza por detrás o le tapa los ojos y le cuchichea al oído alguna frase que la hace reír. Ella acierta su nombre, se da la vuelta y en aquel momento percibe la escena como si fuera la espectadora de una película, la cámara que gira despacio a su alrededor mientras ellos se abrazan con los ojos cerrados. La reconciliación suele producirse en espacios públicos: embriagados por el contacto que se prolonga, ellos no ven nadie, pero todo el mundo los mira. La reconciliación pasa a ser una ceremonia pública en que dejan de ser amantes y se convierten en una pareja finalmente y venturosamente visible.

   Como aquellas serpientes que se tragan un cordero entero y lo digieren despacio, así se siente ella: con la perspectiva de una larga digestión.

   Sí, sin duda habrá tenido un accidente.

   El silencio puede ser una manera de decir adiós. ¿Es síndrome de Estocolmo pensar eso?

   "Cuando he llegado, mi mujer me ha sometido a un interrogatorio", le había dicho él al día siguiente de su primera cita. ¿No fue cruel añadir que la habría decepcionado si no hubiese notado nada?

   Deberá cambiar de dentista. Por un momento casi se sonríe.

   Cada día le parece más difícil escapar de la autocompasión: se complace en verse como un personaje de novela. ¿También debe agradecérselo a él?

   ¿Y si no vuelve? Lo peor no es olvidarlo, sino inventarlo.

   Entonces, antes de atravesar la calle, lo ve cómo se acerca por la otra acera al lado de una chica, riendo en cámara lenta dentro una nube de promesas, como los protagonistas de un anuncio de seguros. Tiembla. Siente el sol en la espalda y se abraza para no caer.

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