Nos preocupa la anorexia y la bulimia; la obesidad y el colesterol de los adolescentes; los excesos alcohólicos; los embarazos no deseados y la violencia de género... Nos preocupan cosas dignas de consideración, pero ninguna como el déficit de lectura. Nuestra juventud lee mal o no lee y ese ejercicio que para nosotros resultaba placentero y libertario, es para ellos penitencia. Y necesitamos leer para poder hablar y escribir con orden mental y pulcritud sintáctica. De nuestras lecturas y de su calidad dependerá nuestra competencia léxica y eficacia expresiva.

Después del exordio retórico a una generación ágrafa e ignara habría de venir la advertencia apocalíptica, pero esta ocasión optaremos por los atenuantes. La «circunstancia» de un adolescente del siglo XXI es diferente a la que vivió este cronista cuarentón. En los años setenta llegabas a casa, merendabas y veías en la tele al delfín Flipper, Barrio Sésamo o los brincos del caballo Furia. Mordisqueabas tu pan con chocolate, estudiabas y a eso de la hora nona te ibas a la cama. Luego, la lámpara de la mesita de noche iluminaba un rato de escapismo literario. Hoy, un chaval acaba las clases y se va a otras de refuerzo; si cae por casa, le aguardan generosas dosis, en horario protegido, de pornografía sentimental y sexo. En Antena 3, Jaime Cantizano y Patricia Gaztañaga ofrecen para merendar pederastia, transexualidad, proxenetismo y las «verdades del vertedero». En su cuarto le espera el chateo morboso, el fulgor del videojuego y su móvil cargado de mensajes acosadores...

Hay que reconocer que estos tiempos demandan una voluntad de hierro. Difícil lo teneis, chavales, para recorrer con Stevenson La isla del tesoro, o sentir la abducción del Drácula de Stoker. Difícil con tanta telebasura, tanto ruido pseudoinformativo y tanta beateria digital; pero más difícil todavía con unos padres que no demuestran el movimiento andando. Que ordenan a sus hijos que lean, mientros ellos le ríen las gracias al homínido catódico de turno. Difícil leer buenas historias si los profesores ya no las recomiendan porque ellos también las olvidaron. Difícil, en la sociedad del buenismo polítcamente correcto que se escandaliza por el colonialismo de Rudyard Kipling y los toros, mientras su hijo descuartiza presuntos enemigos en la consola. La pasada semana asistí a la presentación de un libro de Vicenç Pagès, De Robinson Crusoe a Peter Pan, un canon de la literatura juvenil nacido de la educación sentimental del autor, miembro de aquella generación que hizo del ocio el principio de toda psicología y la isla del tesoro de las palabras. Un libro que deben hojear padres, profesores y alumnos. Frases del pasado como paráclitos para un momento en que, como dijo Ortega, lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa. Clásicos que no caducan: «El miedo al peligro es diez veces más terrorífico que el miedo visible». Robinson Crusoe, 1719 en las calendas de Al Qaeda.

ABC, 10-X-2006