Cuentos Puella gerundensis

El naturalista sueco Carl von Linné (Rashult 1707 - Uppsala 1778), también conocido por su nombre castellanizado, Lineo, ha pasado a la historia por haber establecido la nomenclatura binaria en la clasificación de los seres vivos. A partir del trabajo realizado por Lineo, animales y plantas son conocidos por el nombre en latín de su género y especie: desde el escarabajo de la patata (Leptinotarsa decemlineata) hasta el elefante asiático (Elephas Cuaxomus), pasando por la zarza (Rubus ulmifolius), el cóndor (Vultur gryphus), la sardina (Sardina pilchardus) y así hasta el último ser vivo conocido. Con la clasificación universal, este científico instauró el orden en un ámbito donde hasta entonces reinaba, si no el caos, sí cierta confusión.

Destinado originariamente a la carrera eclesiástica, Lineo se inició en la botánica estudiando las plantas mencionadas en la Biblia. Más tarde cursó estudios de medicina y se dedicó a analizar sistemáticamente la disposición del sexo en las flores, a partir de la cual estableció la clasificación que le ha merecido un lugar de honor en la historia de la ciencia.

En 1750, quince años después de la publicación de su Systema naturae, el rey Fernando VI, siguiendo el consejo de su ministro José de Carvajal, le ofreció instalarse en Madrid para proseguir sus investigaciones. Lineo declinó la oferta, pero envió a la corte española a su discípulo Löfling. El archivo del Jardín Botánico de Madrid conserva restos de la correspondencia que intercambiaron el maestro y su discípulo. Ha sido precisamente en este archivo donde un universitario becado por la Fundación Norteamericana para el Progreso de la Agricultura, Ángel Mauri, ha localizado dos textos inéditos de Lineo.

Según todos los indicios, el famoso naturalista sueco, que en más de una ocasión se había sentido herido en su amor propio por las autoridades académicas de su país, aceptó la invitación del rey Fernando VI. Por este motivo planeó viajar de Uppsala a Madrid y establecer contacto con la corte borbónica. En el archivo del Jardín Botánico, Ángel Mauri ha encontrado dos cartas que demuestran que Lineo atravesó la frontera por el paso del Pertús y llegó hasta la ciudad de Gerona, donde decidió interrumpir el viaje y regresar a Suecia. Hasta ahora la Fundación Lineo de Estocolmo ha evitado pronunciarse sobre el contenido de las cartas, las cuales reproducimos a continuación.

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Gerona, 30 de agosto de 1751

Apreciado Löfling,
He decidido permanecer en esta ciudad algunos días más de los previstos. El motivo de este cambio de planes es mayúsculo: prácticamente estoy en condiciones de afirmar que he hallado una nueva variedad del grupo Homo sapiens.

La temperatura que predomina en estas tierras es propicia al paseo matutino. Mientras deambulo no puedo dejar de constatar que las muchachas de esta ciudad (y, en la debida proporción, las mujeres de más edad) reúnen una serie de características que las diferencian del resto de seres humanos conocidos hasta hoy.

El clima cálido facilita la contemplación y el trabajo de campo; la aridez de nuestras tierras favorece más bien el estudio de laboratorio. Sea como fuere, debo reconocer que en el resto de Europa no había localizado ningún espécimen homínido que mereciera mi atención científica. A continuación os resumo las características principales de esta variedad, a la que he bautizado provisionalmente con el taxon de Puella gerundensis:

Reino: animal
Orden: primates
Familia: homínidos
Grupo: Homo sapiens
Variedad: Puella gerundensis

La variedad Puella gerundensis se caracteriza por combinar de manera prodigiosamente armoniosa las características de tres variedades conocidas de Homo sapiens. De la europea recoge la versatilidad, la agudeza y el respeto a las leyes; de la asiática, la melancolía, la severidad, la avaricia y el cabello oscuro; de la semita, los bellos ojos, la sensualidad ardiente y la dureza idealista, que hacen de la Puella gerundensis un ser que tiende secretamente a la pasión.

La armonía de esta variedad se concreta en varios ámbitos. El que más conmueve a cualquier visitante es la gama de colores tostados con que la Puella gerundensis adorna las partes más visibles del cuerpo, es decir, cara y extremidades. Cuando el sol -siempre reticente a iluminar las callejuelas estrechas de la ciudad- se detiene en el rostro de estos homínidos, produce al instante un efecto expresivo que ningún retrato de Alexander Roslin podría igualar. El color castaño de las cejas, el matiz almendrado de los ojos, el marrón claro de la nariz y la frente, y el más oscuro de las mejillas y el mentón, contrapunteados por el dulce rosa de los labios, forman un rosetón austero pero sugerente en grado sumo, al menos para un observador de origen boreal como yo mismo. La combinación de ojos semitas y piel asiática, unida al carácter sanguíneo propio de la mujer europea, hacen digna de estudio -tanto para un artista como para un antropólogo- la cara de las muchachas gerundenses. En las escasas ocasiones en que sus ojos son de una tonalidad azul verdosa, el equilibrio facial queda bellamente alterado; el iris adquiere entonces una cualidad de contraste benigno que no hace sino acentuar la atracción del óvalo facial. El color azul oscuro, en concreto, reviste una peculiar calidez, alejada de la frialdad glacial con que nos atormentan las miradas de las mujeres de nuestro país.

Otro de los rasgos distintivo de la Puella gerundensis es la gracia con que se desplaza por las pendientes de la ciudad. La melodiosa navegación de caderas que se produce en la ascensión y el descenso de estas vías -adoquinadas de cualquier modo por antepasados que han caído en un merecido olvido - deja en segundo plano el hedor y la suciedad que rodean a estos seres desgraciadamente pendientes de estudio y clasificación. Envuelta en ropas holgadas (característica de la variedad asiática), la Puella gerundensis se conduce con una elegancia que no me atrevería a calificar de económica, y sugiere un desarrollo óseo y muscular (o, más concretamente, adiposo) digno de la variedad semítica. No sólo los soldados reales que patrullan por la ciudad, sino también los numerosos clérigos que no parecen tener otra ocupación que la de pasear, son incapaces de ahorrar miradas exploratorias sobre los ejemplares de esta variedad, que se me antoja destinada a enriquecer el atlas de las razas humanas.

La Puella gerundensis no es alta, pero sí bien proporcionada. Su armonía corporal se detecta, por un lado, en la mano de dedos largos (no delgados), de uña redondeada, y, por otro, en el escaso ángulo de curvatura de la pantorrilla, que he podido observar, fingiéndome médico, en el consultorio de un boticario. El cuello, por otra parte, es largo y flexible, y las clavículas tienden a marcarse con fuerza bajo la carne. Más esbelta que la mujer judía, menos arisca que la asiática y provista de una cabellera más lacia que la europea, la Puella gerundensis reúne lo mejor de estas tres variedades conocidas: como si fuera su precursora, a partir de la cual se hubieran sucedido varias decadencias filogenéticas.

En contraste con las Puellae, los machos de esta nueva variedad no presentan rasgos destacados. Son bajos, hirsutos, sagaces y barrigones. La mandíbula suele ser cuadrada y huidiza, la nariz rapaz, la mejilla caída, los labios carnosos y los ojos saltones. Los dedos de las manos son fuertes y rechonchos. El estómago presenta una invariable predisposición al descenso. Su rostro es de un marrón uniforme, que recuerda al color tostado de las razas norteafricanas. Su voz mimosa y sosegada no se corresponde con su mirada maliciosa ni con su perpetua sonrisa oblicua. Por lo que respecta a las relaciones sociales, muestran una expansividad en el comercio que contrasta con un retraimiento sentimental que no tiene nada que envidiar al de nuestros compatriotas.

Tras una conversación con el corregidor de la plaza, un caballero que me ha tratado con honor y deferencia, he llegado a una conclusión sobre el afloramiento de esta variedad desconocida de Homo sapiens. En los dos últimos siglos, Gerona se ha visto sacudida por una serie de circunstancias negativas que han influido de manera palpable en sus habitantes y que pueden haber provocado cambios en la configuración de las Puellae. Así, dos siglos y medio después de la expulsión de los judíos, los rasgos semíticos se han destilado en una forma de belleza exótica. Los asedios que ha sufrido la ciudad, junto a la horrible peste del siglo pasado y la plaga de langostas que la siguió, tuvieron un efecto depurativo, ya que únicamente sobrevivieron los especímenes más robustos. La decadencia universitaria e industrial posterior a la Guerra de Sucesión ha propiciado un desasimiento y una ética de la pereza que en Escandinavia se consideraría perjudicial, pero que parece tener efectos óptimos en la apariencia física de buena parte de la juventud de la ciudad. La represión religiosa, como toda constricción, conlleva un crecimiento controlado del deseo, que se manifiesta en el trágico brillo de los ojos de la Puella gerundensis. La humedad intrínseca de la ciudad, finalmente, debe tener efectos beneficiosos sobre el cutis, si bien negativos en la lumbalgia de quien os escribe estas líneas. Habrá que investigar si esta nueva variedad es endémica de la ciudad o si también se extiende a las villas de los alrededores.

El rey Fernando puede esperar. Mañana iniciaré los trabajos de campo sistemáticos.

Atentamente,

Carl von Linné

* * * * *

El Pertús, 16 de septiembre de 1751

Apreciado Löfling,
La investigación de la Puella gerundensis ha resultado un fracaso a causa de la imprevisible desconfianza del objeto de estudio y de los desagradables malentendidos que esta actitud ha suscitado. Las mujeres de estos lares se muestran atentas con sus conocidos, e incluso dulces con sus amigos, pero sumamente desconsideradas con los extraños.

Ya sabéis que, según las investigaciones de Koelreuter, una de las características que presentan los especímenes híbridos es la exuberancia y la vistosidad. Convencí a una Puella que respondía a estos rasgos para que visitase la colección de flores exóticas prensadas que llevo conmigo para ofrecer a la reina de España. La muchacha mostraba una ignorancia supina acerca de mis libros y sobre sistemas de clasificación en general, pero me pareció entender que no le desagradaba componer ramos de flores. Cuando llegamos a la habitación que tengo alquilada en el hostal, le expuse con harta paciencia que el método científico exige considerar y comprobar el máximo posible de caracteres, y que hay que estar atento sobre todo a las cesuras morfológicas que se producen entre individuos de una misma estirpe. Desgraciadamente, se trataba de una muchacha sin la menor formación intelectual. Cuando inicié las manipulaciones pertinentes empezó a quejarse, de manera discreta en un primer momento, pero en un volumen alarmantemente elevado cuando se dio cuenta de que yo desestimaba sus súplicas.

La clasificación rigurosa –vos ya lo sabéis, amigo Löfling- tiene estos inconvenientes. Impertérrito, la acosté en la cama y empecé a desvestirla para examinar con mayor detenimiento sus características constitutivas. Cuando me encontraba en plena investigación irrumpió en la habitación el hijo del hostelero y, aprovechándose de nuestra diferencia de edad y de constitución, me arrojó al suelo sin preguntarme siquiera el motivo de mis indagaciones. A continuación ayudó a la Puella a vestirse. Cuando intenté hacer valer mis derechos como investigador, aquel ser impulsivo me dirigió unas palabras que no me atrevo a repetir.

Pero mis problemas no acabaron aquí. Para mi desgracia, la chica a la que intenté someter a dicha exploración resultó ser la sobrina del obispo, un vasco cejijunto apellidado Naranjo o Taranto -que apenas sabe diferenciar una flor de un mineral-, al cual le faltó tiempo para sugerirme, con menos savoir faire del que cabría suponer de su posición, que abandonase la ciudad de inmediato. Aquella exhibición de insolencia me dejó petrificado. En ningún momento aquel enemigo del progreso permitió que intercambiásemos nuestros puntos de vista. Por la tarde recibí una carta en la que me hacía saber que había puesto al corriente de mis actividades a las autoridades eclesiásticas de Madrid.

Sabéis mejor que yo el poder que tiene la Iglesia en estas tierras. A mi edad no me place malgastar mis fuerzas luchando contra la orgullosa ignorancia que se esconde casi siempre bajo las sotanas. He decidido, pues, interrumpir este viaje y retornar a Suecia, donde espero que mis flores no chillen cuando les examine los pistilos. Deseo que tengáis más suerte que yo en este país en el que el clero es más respetado que el rigor científico.

Supongo que en la Universidad de Uppsala nadie pondrá impedimentos a que, como descanso en la revisión de la Philosophia botanica, amplíe mis conocimientos sobre las Puellae escandinavas. Por lo que respecta a vos, estimado Löfling, confío en que me comunicaréis todo lo que descubráis en la corte de Madrid. Aunque debéis ser cauto: antes de iniciar las exploraciones, preguntad al espécimen si alguno de sus parientes cercanos forma parte del clero. Y, sobre todo, recordad: la vida es breve, la ciencia es larga, la ocasión es huidiza y los experimentos -¡ay!- son peligrosos.

Atentamente,

Carl von Linné

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