Cuentos Continental

(Este cuento forma parte de recopilatorio El poeta i altres contes)

Ahora que acabamos de divorciarnos, puede ser un buen momento para recordar cómo empezó todo. Fue en la terraza del Continental, donde estaba tomando el vermut con Daniel y Sam. Daniel estudió conmigo hasta la universidad. Sam es su primo. Yo me sentía entre exultante y despavorido, como cualquiera que cuente las semanas que le faltan para casarse.
   -¿Seguro que lo has pensado bien? –decía Daniel-. Todavía puedes echarte atrás.
   -Estoy tan seguro como se puede estar.
   -Oh, eso no es mucho –dijo Sam.
   Sobre la mesa había periódicos, patatas y aceitunas rellenas de anchoa. No se trataba de ser original, sino de seguir el ritual del domingo por la mañana, rodeados de parejas de jubilados y de grupos de turistas. En la Rambla, los niños paseaban en bicicleta, los padres correteaban a su alrededor y las abuelas se paraban a hacer tiempo entre la misa y el sofrito. Yo había iniciado una serie de encuentros informales con mis amigos. Prefería conversar tranquilamente antes de la boda. Sólo deseaba compartir experiencias agradables y, si se terciaba, confesar inquietudes pendientes de confirmación. Me gustaba estar con Montse, pero también hablar de ella en su ausencia. Sam intercalaba comentarios más o menos agudos, las patatas crujían puntualmente y las nubes sonreían por encima de los plátanos situados a cada lado del paseo. ¿Qué más podia desear?
   -Solo me falta la moto – dije.
   La moto complementaba la boda. Era un vehículo para nosotros dos, para Montse y para mí. No quería sacarme el carné de coche hasta los treinta, como mínimo. Lo que necesitaba era una moto de 500 o 700 centímetros cúbicos, rápida y estable.
   -¿Ya has ido al concesionario Rovira? –dijo Sam.
   -No sabía ni que existiera. ¿Dónde está?
   -Lo han inaugurado hace poco. Está en una de las rotondas de la carretera de Roses. Tienen unas ofertas muy, pero que muy interesantes.
   Fui al día siguiente. Debo advertir que no he conocido nunca a nadie con tanto poder de convicción como el señor Rovira, el cual me atendió en persona.
   -Así, pues, al final se queda la de 900 centímetros cúbicos...
   Era un hombre de unos cincuenta años, con labios de gárgola y una espesa cabellera de cabellos negros, que chorreaba colonia.
   -Sí, con esta diferencia de precio no vale la pena comprar la de 750.
   -Es lo que yo digo siempre: la potencia nunca está de más.
   El señor Rovira rellenaba el formulario con una letra pequeña y consistente sin dejar de hablar.
   -Ya sabe que si firma la orden de compra antes del día 30 le regalamos el casco. Aparte de nuestras ofertas habituales, que ya van incorporadas.
   El señor Rovira levantó la vista del formulario y me guiñó el ojo. Nos encontrábamos en un despacho de vidrio situado en una esquina de la sala de exposición. A un lado, un póster reproducía la visión lateral de una moto custom en una carretera desértica. La conducía un hombre de apariencia musculosa, vestido con cazadora de cuero, pantalones tejanos y botas puntiagudas. Detrás iba una chica vestida íntegramente con cuero negro ceñido, los cabellos rubios esparciéndose por debajo el casco y volando al viento.
   -Desearía pagarla a plazos... –comencé.
   -No se preocupe, la empresa dispone de una financiera. Cuando acabemos de rellenar el formulario se lo explico. La moto, ¿será negra o roja?
   -Hum... me parece que... roja.
   -Metalizada, supongo.
   -Si cuesta lo mismo...
   -Un poquito más, casi nada. Pero tenga en cuenta la diferencia de calidad, y cuando le pega el sol parece que esté al rojo vivo.
   -Pues eso: metalizada.
   -Y el carenado, ¿será el de fábrica o el especial?
   -Con el de fábrica bastará.
   -Las rubias dan más de sí en las motos rojas metalizadas.
   -¿Cómo que las rubias?
   El señor Rovira levantó la vista del papel y me dirigió una mirada condescendiente.
   -La rubia que llevará detrás, hombre, ¡la colega!
   Y me guiñó el ojo de nuevo.
   -Pero si Montse es morena...
   -Pues mejor todavía, hombre, mucho mejor -y continuaba apuntando.
   Una semana después, regresé al despacho de vidrio. Llevaba cazadora de cuero, tejanos y mocasines. El señor Rovira se levantó de la silla y nos dimos la mano.
   -Buenos días. ¿Qué? ¿Viene a llevársela?
   -Sí señor. No sabe las ganas que tengo.
   -Lo supongo, hijo, lo supongo. Pues mire, aquí están los papeles. Hágame el favor de firmar aquí... y aquí. Cuando llegue a su casa, los lee con calma, y si no entiende algo, yo se lo explicaré con mucho gusto. Ah, aquí tiene el casco, tal como acordamos. Pruébeselo por si acaso... Así... Pues le queda que ni pintado. Abrócheselo... Así. Y ahora, si hace el favor de acompañarme...
   Cruzamos la sala de exposición, llena de motos que brillaban bajo los fluorescentes, de vitrinas provistas de accesorios y de carteles con las ofertas del momento. Por una puertecilla disimulada en un rincón llegamos al aparcamiento situado detrás del concesionario. La moto me esperaba inmóvil encima del doble caballete, brillando al sol como al rojo vivo.
   -¡Es preciosa! –exclamé, caminando hacia ella con el casco puesto.
   -Y toda suya – dijo el señor Rovira sacándose las llaves del bolsillo-. Suba, suba sin miedo. Así, a horcajadas... Muy bien. Bájela del caballete... Hacia delante... Así. Mire, para ponerla en marcha sólo tiene que pulsar este botón. Ajá. Y recuerde que somos el único concesionario que sirve el vehículo con el depósito lleno.
   -¡Hola!
   Proveniente del fondo del aparcamiento, una chica vestida de motorista de los pies a la cabeza, con el casco puesto, caminaba decidida hacia nosotros.
   -¿Qué tal? –me dijo.- ¿Estás contento?
   -Sí...
   -Me alegro. Es una buena compra.
   Hablaba con un acento desconocido, sin acertar las vocales. Yo la miraba sin entender nada.
   -Soy la colega – dijo-. ¿Estás listo?
   Me puso una mano en el hombro y se montó con agilidad a mi espalda.
   -Pero, ¿esto qué significa?
   -¡Vamos, hombre, no se haga el sueco ahora! –dijo el señor Rovira-. Es una de nuestras ofertas habituales. Léase los papeles.
   Las manos de la chica enlazaron mi cintura. Su casco no tardó en apoyarse en el mío.
   -¿Nos vamos? –susurró.
   -Pero... nadie me dijo nada de... de esta oferta... Alguien debería haberme informado...
   Mi voz sonaba metálica dentro el casco.
   -¿Nos vamos o qué? – dijo la chica.
   -Escuche –dije al señor Rovira-, esto será una broma, ¿no? Deténgase, haga el favor.
   Él se dirigía hacia la puertecilla, moviendo los brazos como si quisiera librarse de un insecto molesto aunque inofensivo.
   -Treinta días naturales, todo incluido, garantía total, mantenimiento mínimo, oferta de la casa, prorrogable, léase los papeles –entró y, antes de cerrar la puertecilla, sacó la cabeza y repitió, en un volumen más alto: -Léase los papeles.
   Me quedé montado en la moto, contemplando la puerta cerrada. La chica no se movía, y yo no sabía qué hacer. El caso es que bajé la visera del casco, pulsé el botón de puesta en marcha y puse la primera. La chica se pegó a mí. En seguida estuvimos en la Nacional. ¿Arriba o abajo? Abajo. En un instante superamos el Puente del Príncipe, el cinturón, el río Fluvià, Bàscara... Aunque recibía ráfagas de viento lateral, la moto respondía con precisión a mis requerimientos. La chica me abrazaba con una fuerza que me azoraba, pero estaba demasiado ocupado con la máquina para dedicarle demasiada atención. Como ella también llevaba casco, no sabía quién era, ni siquiera si la conocía o no. Sólo estaba seguro de una cosa: no era Montse. A medida que fui acelerando, comprobé que, se tratase de quien se tratase, dominaba el arte de inclinarse en las curvas. Cuando llegamos a Medinyà tomamos la variante. Adelantábamos con facilidad a furgonetas, camiones de transporte de ganado y tráileres checos. Me costó dar con los botones de las luces cuando llegamos a los túneles. El casco empezaba a molestarme en las sienes. Mi acompañante era silenciosa y táctil. El valle de Sant Daniel, la salida de los Àngels... El depósito continuaba prácticamente lleno, y la autopista era un corsé prescindible: no puedes tomarla si no sabes adónde te diriges. En Riudellots me pareció adecuado enfilar el Eje Transversal. Ciento sesenta. Ella continuaba pegada a mi espalda. Más túneles, la mole del Montseny, la silueta del castillo de Montsoriu, los abetos de Espinelves, la plana de Vic. Ciento ochenta. Antes de la salida de Folgueroles giré la cabeza y encogí los hombros, como preguntándole si era el momento de parar, ya que la postura me entumecía los músculos. Me arrepentía de no haber comprado una faja de viaje. Ella lanzó la barbilla adelante con determinación, señalando la carretera. Unas decenas de kilómetros más tarde sufrí un intenso ataque de hambre. Seguía maquinalmente las líneas centrales de la calzada mientras no dejaba de preguntarme si me molestaba más la sed o el dolor de espalda. Durante una treintena de kilómetros nos mantuvimos detrás de un Mercedes de color verde desvaído; en el asiento de atrás, un niño me miraba fijamente. De repente, Manresa. Perdimos de vista el Mercedes y topamos con una cola de turismos y vehículos todo terreno. Más adelante comprobamos que los operarios sólo permitían la circulación en un sentido. Al otro lado había excavadoras y bulldozers. Después, cada salida del Eje era una tentación desestimada. En Cervera giré la cabeza y repetí mi pregunta muda. Ella se encogió de hombros: haz lo que te parezca, creí entender. Quizá porque no habíamos comido, cuando vi el cartel que indicaba Agramunt sentí unas ganas frenéticas de llenarme la boca de turrón. Pero íbamos demasiado deprisa y no pudimos tomar la salida. Finalmente logré vencer la inercia y nos internamos en una carretera comarcal. Pasamos Anglesola. Después venía el Tarròs, la Fulliola, Boldú... A la derecha había un restaurante y no se me ocurrió ninguna razón para no detenerme.
   Debía de medir un metro setenta. Sus cabellos, lacios y rubios, casi rojos, se derramaban por debajo el casco. Me ayudó a librarme del mío y caminamos hacia la puerta del restaurante.
   Estaba bastante lleno, pero sin alboroto. Nos sentamos cerca del pasillo y no tardaron en traernos la carta. El menú no estaba mal. Yo elegí escalibada y pollo con chanfaina. Ella, ensalada y bistec. Para beber, agua y vino de la casa. Después se levantó para ir al lavabo y cuando regresó fui yo.
   Pensaba que ya no estaría allí, pero me esperaba, sentada con la espalda bien recta, ante la ensalada intacta.
   -Por mí, no te prives -dije.
   Ella sonrió y empezó a comer. Ahora que podía observarla con detenimiento, me daba cuenta de que era algo más joven que yo. Tendría escasamente veinte años. Sin la cazadora de cuero, mostraba unos hombros anchos y unos brazos fuertes, como si nadara con regularidad. Sus ojos eran de color de ron, con los párpados pintados de color azul claro sobre una cara sin rastro de bronceado. Sostenía los cubiertos con gracia, sin que ello le impidiese comer con cierta energía. También advertí que tenía las uñas roídas.
   -Conduces bien – dijo.
   -Gracias.
   Masticaba en silenciosa concentración, minuciosamente. Cada tres o cuatro bocados se secaba los labios y los humedecía con agua mineral.
   -¿No tienes apetito? – dijo.
   -Sí...
   -Esto está buenísimo.
   Yo me sentía mareado. Bebí un vaso de agua y ataqué la escalibada. Me costaba sortear sus ojos. Parecía relajada. Cuando pedimos los postres comenté que era una lástima que no tuvieran turrones de Agramunt. Como ella no sabía qué eran, se lo expliqué. Me hizo más preguntas sobre comida, que me sirvieron para confirmar que confundía los sonidos de las vocales. Además, tenía problemas graves con los pronombres y lagunas de cultura general.
   -¿Sabes quién fue Lluís Companys? –le pregunté.
   -No.
   -Un presidente de la Generalitat. Nació cerca de aquí, en El Tarròs, uno de los pueblos por donde hemos pasado. Lo fusilaron en Montjuïc.
    Su mirada era interrogante.
   -¿No sabes dónde está el castillo de Montjuïc?
   -No mucho. Soy rumana –añadió, a modo de excusa.
   -Pues te desenvuelves bien.
   -He ido a cursillos y tengo facilidad para los idiomas. Además, hace tiempo que vivo aquí.
   -¿Cómo te llamas?
   -Alexandra.
    Pagué la cuenta. A la salida, la moto nos esperaba. Yo temía que si llenaba el depósito todo se desvanecería, aunque me sentía absurdamente más seguro ahora que sabía su nombre. En el siguiente cruce giramos a la derecha y nos adentramos en una complicada red de carreteras locales, donde la norma eran los desniveles y las curvas bruscas. Los pueblos tenían nombres enigmáticos: Renant, Coscó, Gospí, Guarda-si-Venes. Anochecía cuando entramos en Torà. Un nombre premonitorio.
   -Quizá hemos llegado – dije, casi eufórico.
   -Me temo que no.
   -¿Qué opinas del judaísmo? –le pregunté.
   -No demasiado.
   -Crees en las coincidencias?
   -Apenas.
   Compramos pan, bebidas y frutos secos. Después atravesamos valles y colladas envueltos en un paisaje de encinas retorcidas. La moto aguantaba, pero yo tenía la impresión de que mis muñecas eran de cristal. Las carreteras se estrechaban. No se veía ni un alma. Alexandra se agarraba a mí y yo quería continuar, continuar hasta el final, pero también llegar de una vez y no conducir nunca más. Ella me abrazaba con fuerza, como si tuviera miedo de que me escapase, y yo aceleraba, y el ruido del motor se adentraba en los repliegues de mi cerebro, y sentía mis piernas doloridas y pesadas, y tenía la mente pendiente de los cambios de rasante. De repente llegamos a la cima y nos detuvimos ante un cartel. Pinós. Centro geográfico de Cataluña.
   -Ahora quizá sí –dije.
   Ella alzó la visera del casco y miró a nuestro alrededor.
   -¿Qué es eso?
   -Un santuario.
   -Ah.
   La moto, Alexandra y yo en el centro geográfico de Cataluña. Bien. ¿Y ahora, qué?
   -Hay que continuar – dijo ella-. Me parece que no es aquí.
   Ya era de noche. Tenía las articulaciones de las piernas entumecidas, la espalda yerta y la boca llena de polvo. Seguimos adelante. Aunque mis ojos se cerraban, era consciente de que nuestro destino no era chocar contra un árbol. Pasamos cerca de un objeto reflectante.
   -¿Qué ponía en ese cartel? –dijo ella.
   -No me he fijado
   -Puede ser importante.
   Volvimos al cartel, que indicaba la dirección de un dolmen.
   -Será eso –dijo ella.
   Durante varios kilómetros, seguimos una pista forestal que se internaba en bosques de encinas. No podíamos quedarnos sin gasolina en medio del bosque y no sucedió. Encontramos otro indicador a la derecha. Coloqué la máquina al margen, de manera que los faros iluminaran el camino. Al cabo de unos veinte metros lo encontramos: una caseta de grandes losas de piedra.
   -Es aquí – dijo ella-. Seguro.
   Nos sentamos sobre el dolmen a comer pan con nueces. Enfrente, a lo lejos, se veían las luces de una casa. Detrás, el bosque. Los grillos cantaban como poseídos. Me quedaría corto si afirmara que estaba exhausto.
   -¿En qué piensas? – dijo ella cuando hubimos comido.
    Tardé en responder
   -En los papeles del concesionario. Me gustaría leer la letra pequeña.
   Sus ojos de ron se encendieron.
   -Soy rumana, pero no prostituta.
   -Ya lo sé.
   -Perdona. Estoy rendida.
   El interior del dolmen tenía las medidas de una cama de matrimonio. Se metió dentro y se durmió al instante. Yo tardé algo más. Cuando nos despertamos el sol estaba alto. Encontramos una estación de servicio, y poco después almorzábamos en un bar de carretera. El Eje no podía estar lejos.
   -Siento lo que te dije ayer – dijo ella mientras roía el cuerno del croissant.
   -No pasa nada.
   -Puedo estar contigo hasta un mes, prorrogable. También puedes dejarme antes, si lo prefieres. Pero debes hacerte cargo de todos los gastos. Al final, tienes que llevarme al mismo concesionario donde compraste la moto. Eso es lo que dice la letra pequeña.
   -Me caso el próximo domingo – dije sin ton ni son.
   El Eje era un desierto. Alexandra me abrazaba con una fuerza que me pareció un signo de afecto. La vuelta fue corta. En el aparcamiento del concesionario, ella bajó y me fui.
   No me casé con Montse. Fuimos capaces de concentrar en un diálogo de cinco minutos el proceso de degradación que la mayoría de las parejas tarda años en acumular.
   En casa, leí la letra pequeña. Especificaba la garantía de mano de obra, el margen de kilómetros para realizar la revisión gratuita y la red de talleres oficiales, pero no decía nada de Alexandra. Regresé al concesionario.
   -Yo no sé nada –me dijo el señor Rovira-. Estas chicas vienen directamente de una empresa de trabajo temporal. Hable con su amigo Sam.
   -No es mi amigo.
   Por la tarde estábamos de nuevo en la terraza del Continental. Los plátanos se enlazaban por encima de la Rambla y las palomas arrullaban en la galería cubierta del Banco Popular. Las parejas de viejos se sentaban en los bancos de madera, majestuosos como emperadores de Cnosos. Encima del Café París, la vaca del Museo del Juguete nos observaba de reojo. Un grupo de turistas se agrupó alrededor del guía, que inició una breve disertación sobre la Rambla. "Es el centro neurótico de Figueras", me pareció entender. No puede ser, pensé: seguro que ha dicho "neurálgico".
   -Te mintió – dijo Sam-. No era rumana, pero sí prostituta.
   En un gesto quizá demasiado teatral, vacié el martini en su camisa. Daniel intervino:
   -Sólo queríamos que tuvieras una despedida de soltero original.
   Como todos los cínicos, Sam era comprensivo. Me sugirió que la buscase en los bares del Puente del Príncipe. Fui al Club Betty Boop, al Slow, al Olympe. Ellas me tomaban por un cliente, y ellos por un pesado. Pregunté en el Baby Doll, en Fedra, en La Torre, en Escala 3000. En ninguna parte supieron darme razón de ella. Algunas eran rubias, unas cuantas eran rumanas, y muchas se mordían las uñas, pero no había ninguna con aquellos ojos de ron.
   Llamé a Daniel y le dije que tenía una camisa nueva para Sam. Al domingo siguiente, en el Continental, me costó mucho decirle que lo sentía. Sam me sugirió que visitase un determinado concesionario de coches que estaba en la carretera de Girona.
   La segunda semana la vi cuando bajaba de un coche deportivo.
   -¿Subes? –le dije.

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